Pero qué necedad de platicar bajo la lluvia, con frío en los labios, hablar con sonidos congelados, besarse.
El paso acelerado del preocupado, el grito catárquico del desventurado como la riqueza en la carcajada del sincero, la risa de un chiste contado en tiempos difíciles.
La esperanza del niño en el aparador, los ojos inocentes.
Las palabras dulces del corazón amigo; un abrazo.
La pasión del beso de los amantes secretos, ajenos, distanciados y reencontrados.
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