domingo, 25 de septiembre de 2011

Si mi perro hablara, ¡ja!.

Si mi perro hablara me daría los mejores consejos y me haría los mejores reclamos.
Me conoce más que mi cama que se calla a diario; ni mi almohada. Bueno, la almohada ha probado mis lágrimas también, claro, sin olfatear.
Es curioso porque mi perro saborea la sal y el sentimiento de donde viene, como si en la geografía de mi cara él encontrara un río nostálgico que lo contagia.
No sabe, pero se agacha, sus brillosos a veces hasta pueriles ojos; se apagan un poquito, me mira con tanto consuelo que pareciera que me habla, que recibe mis pensamientos, que sabe leerme la cabeza.
Mi perro me hace compañía todo el día, no se si me ve como a una madre o como a una amante, porque él me es fiel y constante como el aire.

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